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¿Por qué seguimos leyendo a Carmen Laforet más de ochenta años después de Nada?

¿Por qué seguimos leyendo a Carmen Laforet más de ochenta años después de Nada?

Nada: la historia de una generación en la posguerra

Una joven de feminidad poco convencional, apasionada por la literatura y desorientada ante las contradicciones del mundo adulto: Andrea, la protagonista de Nada, sigue encarnando, ochenta años después de la publicación de la novela, una fragilidad profundamente contemporánea. Su sensación de extrañeza, la necesidad de encontrar su lugar en el mundo y la incertidumbre ante la edad adulta siguen hablando, con sorprendente inmediatez, a las nuevas generaciones.

Cada adolescente busca, en efecto, en las historias que lee y escucha la posibilidad de sentar las bases de su propia identidad. La novela se convierte entonces en un espacio en el que reconocerse, poner a prueba las propias certezas e imaginar quién se quiere llegar a ser. Eso es también lo que sucede en Nada: el recorrido de Andrea a través de la soledad, el desconcierto y las contradicciones del mundo adulto se convierte, antes que en una historia de formación, en la búsqueda de un lugar que pueda finalmente sentir como propio, en un mundo en el que el franquismo comienza a imponer su control sobre la sociedad española y a limitar cada vez más los espacios de libertad individual.

Escrita por Carmen Laforet cuando tenía 23 años, tras haber pasado dos años en Barcelona, Nada se publicó en 1945 y se convirtió en la novela-símbolo de una generación: la que salía de la Guerra Civil española no como vencedora, sino como derrotada y marcada por la violencia del conflicto, destinada a vivir bajo la dictadura franquista durante muchos años. Laforet, todavía muy joven, hizo leer su novela al periodista y editor Manuel Cerezales, quien más tarde se convertiría en su marido. Fue él quien la animó a presentarla al Premio Nadal, convocado por la revista Destino. Según se ha contado, la novela llegó a manos del jurado apenas unos días antes de la concesión del premio y, hasta entonces, los pronósticos daban como favorito al periodista César González-Ruano. Sin embargo, cuando los miembros del jurado leyeron Nada, los pronósticos cambiaron: la novela no solo daba voz a las inquietudes de una nueva generación, sino que introducía también una voz literaria nueva y original. También llamó la atención la juventud de su autora, que, como se descubrió, apenas tenía cinco años más que Andrea, la protagonista de la novela.

Es casi como si Nada poseyera esa capacidad propia de las grandes novelas: ofrecer a cada lector algo diferente, precisamente aquello que, en ese momento, está buscando. Así, los adolescentes pueden reconocer en las inquietudes de Andrea su propio desconcierto y el deseo de encontrar un lugar en el mundo, mientras que los adultos pueden leer entre sus páginas la angustia de toda una sociedad, marcada por la Guerra Civil y asfixiada por la represión y la opresión del franquismo. Por eso, más de ochenta años después de su publicación, Nada sigue siendo una novela que merece la pena leer, o releer, para descubrir cada vez algo nuevo.

Al igual que su protagonista, Carmen Laforet también estuvo marcada por un profundo sentimiento de inquietud y por una búsqueda constante de sí misma. Su vida estuvo atravesada por cierto nomadismo, por desplazamientos y nuevos comienzos que la llevaron a buscar, dentro y fuera de la escritura, su lugar en el mundo. Una búsqueda que, de distintas maneras, parece hacerse eco de la de Andrea y que hace aún más fascinante acercarse a la biografía de una de las voces más originales de la literatura española del siglo XX.

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¿Quién fue Carmen Laforet, la autora de Nada?

El 6 de septiembre de 2026 se cumplen 105 años del nacimiento de Carmen Laforet, una escritora que dejó una profunda huella en la literatura española del siglo XX con una obra que, aunque no es especialmente extensa, ha ejercido una influencia duradera. Nacida en Barcelona en 1921, pasó gran parte de su infancia y adolescencia en Las Palmas de Gran Canaria, antes de regresar a la península para cursar estudios universitarios, que abandonó siendo todavía muy joven.

El gran punto de inflexión llegó en 1944, cuando Laforet presentó Nada al Premio Nadal. Tenía apenas 23 años y la novela, publicada al año siguiente, narraba a través de la mirada de la joven Andrea una Barcelona empobrecida e inquieta, todavía profundamente marcada por la Guerra Civil. El éxito fue inmediato y convirtió a una autora novel en una de las nuevas voces de la narrativa española. En 1948 recibió también el Premio Fastenrath de la Real Academia Española. Nada fue solo el comienzo. Laforet continuó explorando en sus novelas el paso de la adolescencia a la edad adulta, el deseo de libertad y el conflicto entre las aspiraciones individuales y un entorno incapaz de comprenderlas. En La isla y los demonios (1952) regresó a los lugares de su juventud, mientras que La mujer nueva (1955), centrada en la compleja experiencia de la conversión religiosa de su protagonista, le valió el Premio Nacional de Literatura. En 1963 publicó La insolación, destinada a convertirse en el primer volumen de la trilogía Tres pasos fuera del tiempo.

Pero el crecimiento de su notoriedad no se tradujo en un mayor deseo de permanecer bajo los focos. Al contrario, Laforet desarrolló progresivamente una relación cada vez más compleja con la escritura y con el mundo literario. Incluso después de casarse con el periodista y crítico Manuel Cerezales y de tener cinco hijos, la escritora atravesó largos periodos de silencio creativo y se fue alejando de la vida pública.

Un capítulo especialmente significativo de su vida fue su relación con Ramón J. Sender, a quien conoció durante el viaje que realizó a Estados Unidos en 1956. Entre ambos nació una larga amistad epistolar, hecha de confidencias sobre la literatura, la fe, el envejecimiento y, sobre todo, las dificultades de Laforet para encontrar un equilibrio entre la escritura y su propia vida. Aquellas cartas se reunirían muchos años después en el volumen Puedo contar contigo, publicado en 2003 por su hija Cristina Cerezales.

Durante las últimas décadas de su vida, Laforet mantuvo una distancia cada vez mayor respecto al mundo literario y a la esfera pública. Su producción se volvió más esporádica, mientras que la necesidad de proteger su vida privada fue imponiéndose progresivamente a la notoriedad que había alcanzado con Nada. La enfermedad de Alzheimer marcó sus últimos años: Carmen Laforet murió en Madrid en 2004.

Queda así la paradoja de una escritora que alcanzó la fama siendo muy joven precisamente gracias a una novela sobre la dificultad de encontrar un lugar en el mundo y que, a lo largo de su vida, acabaría eligiendo apartarse cada vez más de ese mismo mundo. Quizá sea también por eso por lo que Andrea y Laforet parecen, en algunos momentos, tan cercanas: ambas buscan un espacio de libertad en una realidad que parece no haber reservado ninguno para ellas.

La historia de Nada: Andrea y la Barcelona de posguerra

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«Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche.»

Nada cuenta la llegada a Barcelona de Andrea, una joven que se traslada a la ciudad para comenzar sus estudios universitarios y dejar atrás la vida que ha llevado hasta entonces. Sin embargo, sus expectativas de independencia y descubrimiento chocan con la realidad de la casa de la calle Aribau, donde se instala con sus familiares: un ambiente claustrofóbico, atravesado por tensiones, violencia, rencores y miseria.

A lo largo de aquel año, Andrea observa y atraviesa ese mundo con la mirada inquieta de quien está intentando convertirse en adulta. Entre nuevas amistades, deseos de libertad y relaciones familiares cada vez más opresivas, la protagonista busca una salida que le permita construir su propia identidad. Mientras tanto, Barcelona aún conserva las heridas de la Guerra Civil y una sociedad empobrecida vive bajo el peso de la dictadura franquista. Es precisamente en el encuentro entre la formación de una joven y el retrato de una sociedad herida donde reside la fuerza de Nada: una novela íntima y, al mismo tiempo, profundamente política, capaz de contar la posguerra sin recurrir a la retórica, a través de los ojos de una joven que solo quiere encontrar su lugar en el mundo.

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Escritos entre noviembre de 1948 y enero de 1953, los artículos reunidos en esta imprescindible antología ofrecen, como a través de un prisma, el punto de vista de una mujer y de una gran escritora, Carmen Laforet, en su intento de abrir una brecha en un mundo dominado por los hombres. El de la literatura, por supuesto, pero también el de un arte mucho más antiguo y complejo: el arte de vivir.

Los artículos reunidos aquí parecen ofrecer así una brújula a las mujeres de aquella época y, todavía hoy, un mapa para orientarse entre expectativas, convenciones y deseo de libertad. Una invitación, sobre todo, a no olvidar que elegir el propio camino, cultivar la propia voz y reivindicar un espacio para una misma significa también aprender a ser, ante todo, artífices de su propia vida.

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Publicada en 1952, siete años después de Nada, La isla y los demonios es la segunda novela de Carmen Laforet y regresa a los lugares de su infancia y adolescencia, en Gran Canaria. Allí la escritora sitúa una historia de formación protagonizada por Marta Camino, una adolescente que vive en la isla en 1938, durante los últimos años de la Guerra Civil española.

La vida cotidiana de Marta, marcada por una existencia familiar asfixiante y por tensiones nunca expresadas del todo, se ve alterada por la llegada de unos familiares que huyen de la península y por la presencia del pintor Pablo. Para la joven, su presencia representa la posibilidad de conocer un mundo diferente, lleno de arte, pasiones y nuevas experiencias. A través de su mirada, Laforet narra así el paso de la adolescencia a la edad adulta y el descubrimiento, no siempre indoloro, de los deseos y las inquietudes que acompañan al crecimiento.

Pero Gran Canaria no es solo el escenario de la historia: el paisaje áspero y salvaje de la isla acompaña la transformación de la protagonista y se convierte casi en un personaje más de la novela, en diálogo constante con su mundo interior. Es la misma tierra que Laforet conoció de niña, evocada a través de imágenes de rocas, flores, viento y profundos barrancos:

«Tierra seca, de ásperos riscos y suaves rincones llenos de flor y largos barrancos siempre batidos por el viento.»

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Novela que se adelanta al menos dos décadas a las reivindicaciones de emancipación femenina y a las luchas feministas de los años setenta, La mujer nueva es uno de los títulos de Carmen Laforet que merece la pena redescubrir, más de setenta años después de su publicación, en 1955.

La protagonista, Paulina, es una mujer de mediana edad que, después de separarse de su marido, decide construir una nueva vida en Madrid, conquistar su independencia y estar preparada, si fuera necesario, para asumir por sí misma la responsabilidad de su hijo. En esta nueva etapa de su existencia, llena de libertad y de horizontes aún por explorar, Paulina se enfrenta al amor, al deseo y a una profunda transformación interior. En el contexto de la España de posguerra y de la represión franquista, su búsqueda de autonomía adquiere un carácter todavía más audaz y significativo.

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