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El silbido del arquero
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Narrado por:
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Aida de la Cruz
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De:
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Irene Vallejo
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El lenguaje
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La narradora, sobresaliente. Gracias.
De diez
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Una vez más.
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Irene Vallejo escribe extraordinariamente bien. Su prosa es elegante, rica y muy trabajada. Además, resulta imposible no admirar su erudición y su profundo conocimiento del mundo clásico. Precisamente por eso, mi decepción ha sido proporcional a las expectativas con las que llegué al libro.
La premisa me parecía fascinante: recuperar la figura de Elisa (Dido), devolver la voz a una mujer que la tradición convirtió en un episodio dentro de la historia de Eneas y mirar el mito desde quienes quedaron relegados a los márgenes del relato. Sin embargo, a medida que avanzaba la lectura, tuve una sensación creciente de oportunidad desaprovechada.
Elisa es reina, fundadora de una ciudad, gobernante, superviviente y responsable del futuro de su pueblo. Es un personaje que permitiría explorar cuestiones enormes: el poder, la responsabilidad, el destino, la construcción de una comunidad, el conflicto entre el deseo personal y el bien colectivo o el precio de las decisiones políticas. Sin embargo, sentí que la novela regresaba una y otra vez a preocupaciones mucho más estrechas: el amor, la mirada de Eneas, el deseo de ser amada y el miedo a perderlo.
No me molesta que Elisa sea vulnerable. Al contrario. Lo que me ha desconcertado es el tipo de vulnerabilidad que se elige para ella. Una reina tiene infinitas formas de fragilidad, y la novela parece interesarse casi siempre por las menos estimulantes.
Quizá mi principal reserva sea esta: tengo la sensación de que una novela presentada con frecuencia como una recuperación de la voz femenina acaba construyendo una voz sorprendentemente limitada. No porque sea una mujer, sino porque su interioridad me ha parecido profundamente contemporánea: occidental, culta, privilegiada y marcada por inquietudes que reconozco más en una mujer europea del siglo XXI que en una reina fenicia responsable del destino de una ciudad. Me resulta paradójico que una obra que pretende liberar a un personaje de los límites impuestos por la tradición termine definiéndolo principalmente a través de algunas de las mismas cadenas que han condicionado a tantos personajes femeninos durante siglos: ser deseada, ser amada y conservar el amor de un hombre.
Paradójicamente, una de las partes que más me interesó fue la presencia de Virgilio. Las reflexiones sobre quién escribe los mitos, quién decide qué merece ser recordado y qué queda fuera de los relatos oficiales me parecieron mucho más sugerentes que la propia historia de amor. Ahí sí reconocí a la Irene Vallejo que tanto admiré en El infinito en un junco: la lectora, la pensadora y la apasionada de las historias.
No me parece una mala novela. Ni siquiera una novela mediocre. Es una novela inteligente, ambiciosa y escrita con enorme talento. Pero he terminado con la sensación de que contenía personajes, conflictos y preguntas mucho más grandes que las que finalmente decide explorar.
Lo que pudo ser y no fue.
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