José Naval
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José Naval


Querido lector:

En primer lugar, quiero agradecerte tu interés por Las Aventuras de Pitu y Guille, una colección de cuentos que nació de una experiencia familiar muy especial y que, con el tiempo, se ha convertido también en una propuesta para fomentar la lectura entre los niños.

Soy padre de cuatro hijos y el tercero de siete hermanos (¡no puedo negar que me gustan las familias numerosas!). Ingeniero de profesión y músico por afición, he desarrollado buena parte de mi carrera profesional en la dirección de empresas tecnológicas, siempre muy enfocado en la innovación.

Soy de los que piensan que la lectura es una de las mejores herramientas que podemos ofrecer a nuestros hijos para desarrollar su inteligencia y creatividad, enriquecer su lenguaje y aprender a pensar por sí mismos (numerosos estudios científicos lo avalan). Pero, sobre todo, creo que para despertar el hábito lector hay algo imprescindible: conseguir que los niños disfruten con las historias y quieran seguir leyendo.

Y precisamente así nació esta colección.

DE LOS CUENTOS DE LOS HERMANOS GRIMM A PITU Y GUILLE

Cuando mis dos hijos mayores eran pequeños, acostumbraba a leerles cuentos antes de acostarse. Teníamos una edición de los hermanos Grimm encuadernada en tela, ilustrada con unas acuarelas preciosas y con un texto y una redacción muy fluidos y amenos, que era la que mi madre nos había leído a mis hermanos y a mí cuando éramos pequeños. Es decir, que el libro debía tener ya cincuenta años como poco. Hoy en día no se podría publicar tal cual, pues casi todos los relatos se han vuelto «políticamente incorrectos», y otros me parecen ahora de una crudeza tremenda.

Años después, con mi tercer y cuarto hijo, recuperé aquella divertida costumbre de contarles los cuentos de los hermanos Grimm, leyéndoles la misma edición de mi infancia, que iba cambiando sobre la marcha para suavizarla. Hasta que un día me pidieron nuevos relatos y decidí inventármelos.

Los comienzos fueron duros. Al principio necesitaba cinco o diez minutos para planificar un poco la historia, mientras los peques, ya metidos en sus camitas, me presionaban para que empezase de una vez. Aquel sistema no era muy práctico: los niños se aburrían mientras yo seguía devanándome los sesos para idear un argumento. Así que un día me lancé a improvisar sobre la marcha, sin preparar nada. Empezaba directamente con «Había una vez…», sin saber qué vendría después: si una ballena que se quedaba varada en una playa o un niño que iba de excursión con su colegio y se perdía en el bosque.

Las primeras historias las contaba un poco a trompicones, pero, a medida que pasaban los días, fui adquiriendo cada vez mayor facilidad para improvisar las aventuras de los protagonistas. Algunas veces mis hijos me sugerían directamente el argumento: «Papá, cuéntanos un cuento de un coche que puede ir por el fondo del mar y encuentra un tesoro en un barco hundido», pero la mayor parte de las noches tenía que partir de una hoja en blanco.

Me sorprendió la rapidez con la que, incluso de adulto, se puede adquirir una nueva habilidad con esfuerzo y constancia, dos cualidades que, por desgracia, están poco valoradas en la sociedad actual.

EL MEJOR JURADO QUE PODÍA TENER

Al cabo de unos meses inventando dos nuevos relatos cada noche, había adquirido mucha práctica y los cuentos eran cada vez más fluidos.

Cuando el argumento les interesaba, los peques se quedaban inmóviles, clavándome la mirada. Sin pestañear ni abrir la boca. Sin moverse ni un milímetro, siguiendo con toda su atención el desarrollo de la trama (algunas veces habría jurado que estaban conteniendo la respiración 😂).

En cambio, en otras ocasiones el cuento les aburría y al poco se quejaban con un cruel «¡Jo, papá, qué rollo!». Este «feedback en tiempo real», como diríamos en mi sector profesional, me permitió ir tomando buena nota de los ingredientes que hacen que un cuento sea interesante y divertido.

Así, noche tras noche, durante aquellos años, mis hijos y yo fuimos creando numerosos relatos, salpicados de sus espontáneas intervenciones: a veces me interrogaban por los cabos sueltos que inevitablemente iba dejando para mantener el dinamismo de la historia; otras, sugerían cambios en la trama sobre la marcha, aportando ideas muy imaginativas.

Y así nació la colección Las Aventuras de Pitu y Guille, que recoge una selección de las historias que, en opinión de mis hijos, son las más entretenidas.

Los protagonistas de casi todos los cuentos son dos hermanos, Pitu y Guille, que viven muchas aventuras y se enfrentan a las situaciones difíciles con imaginación, confianza en sí mismos y fuerza de voluntad.

Para la edición de los cuentos, tengo la gran suerte de contar con la ayuda de mi hija mayor, una brillante periodista con gran vocación, que me ayuda a mejorar los textos, aportando fluidez y dinamismo a los relatos.

Las ilustraciones son obra de Irina Hirondelle, que ha dado vida con mucho cariño a Pitu, Guille y a los numerosos personajes y escenarios de sus aventuras. Sus dibujos aportan color, expresividad y un atractivo visual que complementa las historias y ayuda a los pequeños lectores a sumergirse en ellas.

He publicado los primeros veintidós cuentos y confío en seguir publicando muchos más, especialmente aquellos en los que mis hijos no pestañeaban y contenían la respiración.

DE LAS HISTORIAS FAMILIARES A LAS AULAS

Con el tiempo comprendí que aquella experiencia podía tener una aplicación mucho más amplia.

Uno de los grandes retos de padres y docentes es conseguir que los niños desarrollen el hábito de leer por iniciativa propia. Y estoy convencido de que el primer paso no consiste en pedirles que lean más, sino en ofrecerles historias que realmente les apetezca leer. Esa es la idea que inspira la colección: despertar la curiosidad de los niños, mantener su interés y estimular su deseo de continuar leyendo.

A partir de esta idea, he incorporado a la colección actividades de comprensión lectora y recursos para los docentes, con el propósito de facilitar su utilización en las aulas de Educación Primaria. El objetivo es sencillo: que los niños disfruten leyendo y que, al mismo tiempo, desarrollen su comprensión lectora, su vocabulario y su capacidad de reflexión.

UNA ÚLTIMA REFLEXIÓN

Aquellas noches de cuentos durante varios años reforzaron una convicción que sigo considerando esencial: la lectura por placer es una de las mejores herramientas para estimular el desarrollo intelectual de los niños. Leer contribuye a enriquecer el vocabulario, mejorar la comprensión, desarrollar la imaginación, ejercitar la atención y fortalecer la capacidad de razonamiento. Pero, para que la lectura se convierta en un hábito duradero, es fundamental que los niños la descubran como una actividad que les divierte y les entusiasma, y no como una obligación.

Por eso me gustaría animar a padres y docentes a compartir con los niños el placer de la lectura, tanto en voz alta como de forma autónoma.

Y, sobre todo, a no olvidar algo muy sencillo: el mejor camino para conseguir que un niño quiera leer es lograr que disfrute leyendo.

Un cordial saludo,

José Naval
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